lunes, 21 de julio de 2014

110 años sin Chéjov

Escribe: Juan Carlos Suárez Revollar
Pocos escritores ejercieron tanta influencia en el cuento como el ruso Antón Chéjov, cuya muerte por tuberculosis acaeció un 15 de julio de 1904.
De su copiosa obra, cuentos como ‘La dama del perrito’ o ‘La mujer del boticario’ definieron la forma predominante de escribir este género, gracias a autores como Ernest Hemingway, Katherine Mansfield o Raymond Carver, quienes acogieron su concepción del cuento.
Chéjov priorizaba el efecto psicológico del personaje antes que las artimañas y trucos para sorprender al lector. La historia gana así mayor relevancia y nos conduce a una transformación en los protagonistas.
Sherwood Anderson aborrecía los cuentos de final sorpresivo, a la usanza de O. Henry. Adoptó así los postulados de Chéjov, que transmitiría a Hemingway, Dos Passos o Faulkner, discípulos suyos. Por causa de ellos el cuento del siglo XX en Estados Unidos es principalmente chejoviano. Pese a la gran influencia de estos últimos en la literatura latinoamericana, llama la atención que nuestros cuentos hayan seguido otros derroteros.


Nota relacionada:  Deslecturas: Antón Chéjov, cuentista de lo cotidiano
Publicado en el semanario Quién, de Huancayo, el 14 de julio de 2014.

jueves, 9 de enero de 2014

La Navidad en las “Tradiciones peruanas”

Escribe: Juan Carlos Suárez Revollar

Las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma son, acaso, la mayor muestra de la historia peruana en clave de ficción. En el siguiente artículo se hace una revisión de la totalidad de tradiciones, pero enfocada en la Navidad.


Ricardo Palma ( Lima, 1833-1919).
Ricardo Palma ha sido parco al abordar la Navidad en sus Tradiciones peruanas. Tras una minuciosa revisión apenas si se encuentra un puñado de tradiciones que, de forma sucinta, considera esta fecha, salvo «El mes de diciembre en la Lima antigua», y bastante relacionada a esta, «Los barbones».
Buen número de las menciones a la Navidad son sólo eso: «con más garbo que una reina y con más ángel en la cara que un retablo de Navidad» en «Haz bien sin mirar a quién». O se usa esta celebración para contabilizar la edad: «frisaba su señoría el marqués en las sesenta navidades», o «contaba nada menos que ciento veinte navidades», en «Un drama íntimo» y «La venganza de un cura», respectivamente. Así también en «Refranero limeño» Palma nos habla de «un refrán numismático que usaban las abuelitas cuando querían ponderar el número de navidades que una persona carga a cuestas. Decir de una mujer, por ejemplo: “Fulana no tiene ya cara ni sello”, era declararla moneda antigua, fea y gastada».
En «Batalla de frailes», por su parte, si bien no es de tema navideño, su nudo narrativo transcurre durante la Nochebuena y la Navidad de 1680, en que unos frailes hacen un cómico intento de revolución, con incendio, represión armada y muertos incluidos. Igualmente, «Los pasquines de Yauli» tiene su arranque en la Navidad de 1780, cuando aparece en la puerta de la iglesia un pasquín subversivo más explícito que otros anteriores, y nos lleva a la torpe busca de los autores, donde aparece además una conciudadana nuestra: «en el pueblo había una muchacha de respingón y ojo alegre, conocida con el apodo de la “Coquerita”, oriunda de Huancayo, que sabía leer y escribir y que siempre andaba echando versos a sus galanes».
«La primera campana de Lima», en cambio, relata cómo, para evitar orar acompañados por el poco cristiano toque de corneta y redoble del tambor, los conquistadores junto al propio Pizarro forjaron una campana «que pesaba mil trescientas libras y que resultó muy sonora, y se dejó oír por primera vez en la Nochebuena de diciembre, con gran contentamiento del vecindario limeño».
Por otra parte, «Truenos en Lima» y «Una chanza de inocentes» tocan dos temas cercanos a la Navidad: la primera el siniestro fin de año de 1877 con «una gruesa lluvia, acompañada de relámpagos, seguidos de la detonación de cuatro truenos»; y la segunda una broma por el día de los inocentes gastada al siempre lúbrico Simón Bolívar, que marcó el fin de su estancia en Bolivia.

Navidades propiamente
La primera campana de Lima (Ilustración del acuarelista peruano Pancho Fierro).
La sarcástica «Sabio como Chavarría» contiene una alusión a la época en que vivía Palma: «hoy papás, mamás y padrinos derrochan por pascua de diciembre un dineral en juguetes para los nenes, que así duran en sus manos como mendrugo en boca de hambriento. La vanidad ha penetrado hasta en los pasatiempos de la infancia». «Refranero» menciona, en el apartado referido a «Estar a la cuarta pregunta», que «preguntado si era cierto que en la Nochebuena de Navidad gastó en esto y lo otro y lo de más allá, dijo no ser cierto, por “estar a la cuarta pregunta”», es decir por ser pobre.
Igualmente, «La “Nariz de Camello”» va subtitulada como una tradición que narra «porqué en la Nochebuena de 1547 no hubo en Trujillo Misa del Gallo, sino Misa de Gallinas». En efecto, esa noche dos damas se disputan a punta de insultos un lugar dentro de la iglesia, que acaba con el desquite que el marido de una, meses después, cobra contra la otra, y la deja con las trenzas cortadas y la nariz con un feroz chirlo que la hacía parecer la de un camello.
El mes de diciembre en la Lima antigua (Ilustración del acuarelista peruano Pancho Fierro).
Finalmente, «El mes de diciembre en la Lima antigua» nos dice que «desde las cinco de la tarde del 24 de diciembre los cuatro lados de la Plaza Mayor ostentaban mesitas» sobre las que se vendía desde flores y juguetes hasta licores, dulces y pastas; que «a las doce todo el populacho quedaba en la plaza multiplicando las libaciones», mientras la aristocracia marchaba a la misa del Gallo, seguida de «opípara cena, en la que el “tamal” era plato obligado», y luego se bebía y bailaba hasta el amanecer. Se armaba en las casas, también, los nacimientos, y los visitantes amigos eran invitados a beber chicha morada o jora, llamadas durante la ocasión orines del Niño. «El más famoso de los nacimientos de Lima era el que se exhibía en el convento de los padres belethmitas o barbones. Y era famoso por la abundancia de muñecos automáticos y por los villancicos con que festejaban al Divino Infante».
En efecto, y como se cuenta más ampliamente en «Los barbones», este nacimiento era exhibido «desde el 24 de diciembre hasta el 6 de enero en la capilla de su convento», donde «la Virgen, San José y el Niño, que movía la manita como para bendecir», eran contemplados por el pequeño Ricardo Palma y otros boquiabiertos rapazuelos.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Las aventuras de Pico de Oro, de Isabel Córdova Rosas

El día en que un loro aprendió a soñar

Juan Carlos Suárez Revollar

Este jueves Isabel Córdova Rosas —la escritora más traducida en la historia de la literatura peruana— presentará su novela infantil y juvenil Las aventuras de Pico de Oro (Acerva, 2013). A continuación, un interesante examen de esta obra a partir de lo percibido por el editor que se encargó de convertirla en el libro que ya circula por Huancayo.

¿Podemos aprender de los animales? A partir de esa pregunta, Isabel Córdova Rosas nos entrega Las aventuras de Pico de Oro (Acerva, 2013), una tierna novela protagonizada por un simpático loro amazónico que tiene la peculiaridad de pensar y hablar (nunca al revés) como si se tratase de una persona.
Pero la fuerza que gana el personaje es a través de su contacto con una familia joven que lo acoge. La presencia de los dos niños, hijos del matrimonio, canaliza el contacto entre el loro parlante y las demás personas que desfilan por el libro; aunque el verdadero equilibrio llega con la tía Asun, una mujer mayor, solitaria y buena como él, ligada a la familia por haber criado a Mari Carmen, la madre de los niños. Es elocuente la empatía —casi complicidad— que se establece entre Asun y Pico de Oro, probablemente bajo la misma premisa de aquellas almas solitarias llamadas a hacerse compañía.
La novela da muchas lecciones de vida al lector, sin limitarse por eso, empero, a ser solo una historia didáctica o moralizadora, como apunta acertadamente Carlos Villanes Cairo. El verdadero fondo —la parte de denuncia— es el tráfico de animales exóticos de la Amazonía, entre cuyas víctimas se encuentran, además de la madre y la novia de Pico de Oro, él mismo, al haber quedado desamparado tras la desaparición de aquellas. Aunque caricaturesco (por el público para el que está pensada la novela), el retrato de los malvados conforma una dualidad dispareja pero complementaria: uno es Caimán, un rufián que llega desde la civilización a la jungla para arrasarla, y lleva consigo trampas y otros trastos propios de su mundo para capturar, someter y finalmente lucrar con los animales; el otro es el brujo Mokoloko, quien al aliarse con Caimán, traiciona a los suyos, pues dota a este del conocimiento para comprender la selva. Sin esa asociación el cometido de Caimán sería infructuoso.
En un contexto citadino y hasta doméstico, Pico de Oro vive diversas y sencillas aventuras que nos van delineando el verdadero objetivo de su travesía: la larga lucha para encontrar a su madre y a su novia Chocolatina, en la que los miembros de su nueva familia se involucran desde el inicio. Otra de las tesis que esgrime la autora es que los animales —como las personas— también pueden extrañar a sus seres queridos, como ocurre con Pico de Oro, cuya aflicción tiene como causa la separación de ambas loritas.
La novela es además una hibridación de la animización y humanización propia de la fábula —donde objetos y animales hablan entre sí—, pero llevada a una máxima avanzada, y convertida así en narración larga. Y como en la fábula, Isabel Córdova Rosas no olvida dotar a su historia de pequeñas anécdotas humorísticas, que hacen más atractiva su lectura, y claro, también de valiosas enseñanzas a partir de lo vivido por los personajes.
Algunas historias suelen conducirnos a la aventura de crecer. Definitivamente, la novela protagonizada por Pico de Oro es una de ellas.

DATO
Las aventuras de Pico de Oro será presentada este jueves 14 desde las 6 p.m. en el auditorio principal de la Casa de la Juventud y la Cultura de Huancayo. Acompañarán a Isabel Córdova Rosas el narrador Héctor Meza Parra y el dramaturgo Eduardo Valentín Muñoz, así como el editor del libro, Juan Carlos Suárez Revollar.

Isabel Córdova Rosas
Autora de más de 25 libros, se trata de la escritora más traducida en la historia de la literatura peruana. Destaca por su valiosa producción narrativa infantil y juvenil. Su obra Neruda para niños (1987) fue seleccionada por el Banco del Libro de Venezuela como «uno de los mejores libros para niños y jóvenes publicados en lengua española»; asimismo, Literatura oral andina para niños (1990) obtuvo el Premio al Fomento Cultural; y El zoo de verano (1993) fue finalista en el Concurso Internacional de Novela Edebé. Actualmente prepara la edición peruana de la novela infantil El lobo Florindo, que será publicada por el sello huancaíno Acerva.

Publicado en Suplemento Cultural Solo 4, del diario Correo de Huancayo, el 9 de noviembre de 2013.

sábado, 19 de octubre de 2013

Joseph Conrad: ‘El corazón de las tinieblas’ (parte 2)

El corazón de las tinieblas (parte 2)
Kurtz y Marlowe: peregrinos de las tinieblas
(Lea la parte 1 del artículo, titulado: «El horror, la locura, en las tinieblas de la humanidad»).

Juan Carlos Suárez Revollar
El personaje más importante de El corazón de las tinieblas (1899) —la genial novela de Joseph Conrad (Polonia, 1857-Inglaterra, 1924)— es Kurtz, un europeo que ha hecho su propio reino en una estación de la colonia belga que era el Congo, en el África Central, donde una hueste de rufianes empleados por la Compañía venía saqueando el territorio y esclavizando a los nativos. Lo conocemos a través de Charlie Marlowe, un personaje con tanta afinidad con Conrad, que este no dudó en aceptar que se trataba de su alter ego (además aparece en Juventud, Azar y Lord Jim, otras historias del autor).
Debe destacarse que Marlowe no es el verdadero narrador de la novela, pues ese rol recae en un anónimo personaje que, en tanto lo describe junto a sus compañeros de cubierta en el Nellie —mientras surcan el río Támesis en Londres, tan afín en la novela al río Congo—, reproduce lo que ha empezado a contar de su breve experiencia como «marinero de agua dulce», cuando tuvo que internarse en las tinieblas.
Por su compleja estructura, Kurtz aparece como una figura de tercera mano: si bien Marlowe es el testigo que lo ha conocido e interactuado con él, la mayor parte de lo que sabe de Kurtz proviene del testimonio de terceros. Sumado a ello, ese retrato suyo llega filtrado por el narrador anónimo, alcanzando así el tope de la subjetividad.
Aunque Marlowe ya había leído el brillante informe escrito por Kurtz para que sirviera como guía a la organización fachada de supresión de costumbres salvajes (es anulado por su propio autor con una sola frase, agregada cuando ya perdía la razón: «exterminad a todas estas bestias»), lo impresiona recién oírlo. La única forma —para él— de reconocer la grandeza de otro hombre era escuchándolo. Por eso la verdadera conexión entre ambos llega a través del caótico y sucinto diálogo que sostienen. Marlowe se ve obligado, entonces, a mirar a través de la esencia de su ser, y halla en Kurtz «el inconcebible misterio de un alma que no había conocido frenos, ni fe, ni miedo, y que había luchado, sin embargo, ciegamente consigo misma».
En efecto, la lucha interior de Kurtz se debate entre el llamado de lo salvaje (con el que se integra tan bien, al extremo de convertirse en una suerte de deidad para los nativos e incluso para los blancos) y la posibilidad de retorno al mundo de los hombres «civilizados» (así, entre comillas). Es difícil adivinar cuál de las tendencias iba a triunfar en él. Kurtz se ha vuelto salvaje, diríase loco: ejecuta a sus súbditos (los que osaron revelarse o, acaso, a los que se le antojó matar) y convierte sus cabezas cortadas en motivos ornamentales a la puerta de su palacio. Ese frenesí llega por su debilidad hacia el marfil, ante el cual es incapaz de atender razones. Pero el último lote que ha guardado para sí —y que acopió «tras riesgos personales absurdos»—, nos remite por su fin utilitario a un posible retorno a Europa, donde lo espera su prometida.
Hay personajes en la literatura a quienes se recuerda con la afabilidad de aquellas amistades gratas y entrañables. Eso son Marlowe y Kurtz, dos viejos amigos nuestros que peregrinan en las tinieblas de la humanidad.

La «Compañía» en el Congo
Nativos congoleses esclavizados por la Compañía.

El Congo era una colonia controlada por el rey belga Leopold II, donde puso en marcha una Compañía dedicada a la extracción de marfil, caucho y copal. Aunque empresarialmente era tan ineficiente como se pueda concebir, sus gigantescas ganancias solo son justificables por la mano de obra esclavizada a través de la tortura y el asesinato por los rufianes a los que tenía por empleados, cosa que también refleja Conrad en El corazón de las tinieblas. En la novela, además, define la intención moral de los europeos que tratan de arrancar riquezas a esta tierra y la compara con la de unos bandidos que violentan una caja fuerte.
(Lea la parte 1 del artículo, titulado: «El horror, la locura, en las tinieblas de la humanidad»).

Publicado en Suplemento Cultural Solo 4 del diario Correo de Huancayo, el sábado 18 de octubre de 2013.

sábado, 12 de octubre de 2013

Joseph Conrad: ‘El corazón de las tinieblas’ (parte 1)

El corazón de las tinieblas (parte 1)
El horror, la locura, en las tinieblas de la humanidad
Juan Carlos Suárez Revollar  
Dislocada y delirante es la imagen del Congo belga de finales del siglo XIX en El corazón de las tinieblas (1899), la obra maestra de Joseph Conrad. La novela inicia con un ambiente apacible y diáfano, poco antes de que Marlowe relate su inmersión en unas metafóricas tinieblas, un mundo primitivo donde el alma humana toca fondo y pierde todo asomo de razón. La historia ocurre en la jungla africana —aunque en el libro no se menciona ubicaciones—, controlada por la Societé Anonyme Belge por le Commerce du Haut-Congo, que pese a sus pretensiones filantrópicas, era en realidad una codiciosa empresa de explotación, saqueo y exterminio.
Al margen de la realidad real, el narrador tiene una visión particular de las cosas, que muestra a gentes trastornadas y carentes de toda lógica. Son elocuentes el barco que cañonea hacia la nada en los matorrales o los constructores del ferrocarril que realizan voladuras demasiado alejadas de los futuros rieles. Estas tierras llevan a tornarse en violentos a hombres apacibles; y además de la mente, destruyen el cuerpo con la malaria y otras enfermedades tropicales, si es que el desquiciado estado de los hombres blancos no los lleva a matarse o a obligar a los nativos a asesinarlos en legítima defensa. Las tinieblas podrían definirse como lo más oscuro del alma humana, donde confluyen el mal y la locura. Pero también lo más primitivo de la tierra y los inicios de la creación, un territorio inexpugnable y alejado de la civilización.
El corazón de las tinieblas, ilustrado por Matt Kish.
El verdadero protagonista de la novela —implícito y constante— es Kurtz, una inteligencia superior que no solo ha acopiado para la compañía más marfil que todos los demás agentes juntos, sino que ha construido en su estación, a partir de la nada, una suerte de reino donde él es tenido entre un monarca y una deidad. El retrato de profunda admiración que le hacen los demás contrasta con el mesurado e incrédulo que recoge Marlowe, pues este lo conocerá en los albores de la muerte, cuando la enfermedad y la locura —hombre al fin y al cabo— han destruido lo extraordinario que había en él. ¿Qué lleva a un ser de gran talento como Kurtz, sensible a la poesía, la música y la pintura, a abandonar Europa para sumergirse en las tinieblas? La razón sería pueril y terrena: desaprobado por la familia de su prometida por no ser lo suficientemente rico, se sugiere como causa la impaciencia por su pobreza. Como los otros, su objetivo es extraer los recursos del Congo, pero queda claro que él es todavía peor, pues ha saqueado, robado o estafado más marfil que el resto. 
El corazón de las tinieblas, ilustrado por Matt Kish.
Para Marlowe la estación de Kurtz es «una tenebrosa región de sutiles horrores y de un salvajismo puro». Desde su llegada a ese punto, la narración toma un cariz delirante, como si se tratase de una pesadilla.
Aunque se revela que el ataque al vapor que acaba con el timonel muerto fue por orden de un Kurtz ya enloquecido, la confusa batalla tiene el aspecto de una confrontación entre las fuerzas de la naturaleza y el hombre blanco que ha llegado para saquearla, una constante en toda la trama.
La novela tiene a dos narradores: el primero es anónimo y reproduce lo que Marlowe —el segundo— le cuenta de su experiencia en el Congo. Este doble filtro profundiza la subjetividad del relato (de por sí, la historia de Marlowe ya lo es).
Antes de morir, Kurtz resume en sus últimas palabras el estado en que ha acabado toda la aventura congolesa del hombre blanco: «¡El horror!». No creo que exista intento mejor que esta novela en la eterna exploración de las tinieblas de la humanidad.

Joseph Conrad
Nacido en Polonia en 1857 con el nombre de Konrad Korzeniowski, escribió su obra en inglés. El ejercicio de la marina en su juventud le dio abundante material para sus más de veinte novelas, que distan largamente de la literatura convencional de aventuras por la profundidad y el cuidado de su técnica. Obras suyas son La línea de sombra, Lord Jim, El agente secreto o El corazón de las tinieblas, esta última protagonizada por Marlowe, un alter ego suyo. Se trata de uno de los narradores más importantes de la literatura universal. Murió en Inglaterra, su segunda patria, en 1924.

(Lea la segunda parte del artículo, titulado «Kurtz y Marlowe: peregrinos de las tinieblas»).

Publicado en suplemento cultural Solo 4, del diario Correo de Huancayo, el sábado 12 de octubre de 2013.

sábado, 21 de septiembre de 2013

‘El héroe discreto’, Mario Vargas Llosa

Cantar por los héroes de a pie
 
La nueva novela de Mario Vargas Llosa, El héroe discreto, tuvo su lanzamiento mundial el 12 de setiembre último. La deslectura de esta semana hace un balance del libro que fuera uno de los más esperados del año.

 
Juan Carlos Suárez Revollar
Dos historias se alternan en El héroe discreto (Alfaguara, 2013), la nueva novela de Mario Vargas Llosa. La primera —que además da título al libro— tiene como protagonista a Felícito Yanaqué, un exitoso transportista piurano que, siguiendo la consigna aprendida de su padre —“jamás dejarse pisotear”—, hace frente a unos extorsionadores ocultos por cartas anónimas apenas firmadas por el dibujo de una arañita. La segunda gira en torno a la peculiar familia de don Rigoberto (de Elogio de la madrastra y Los cuadernos de don Rigoberto), que se ve envuelta en una serie de intrigas iniciadas porque el octogenario amigo y jefe de este, Ismael Carrera, desposa a su ama de llaves para dejar sin herencia a sus dos horripilantes hijos.
La denuncia de la extorsión, y luego la publicación que Felícito hace en un diario negándose a pagar cualquier cupo, son algunas de las heroicas medidas que lo convertirán en una celebridad local por su oposición a las mafias, y es el arranque, además, de una trama policial que deberán desenredar el campechano capitán Silva y su adjunto, un marchito sargento Lituma (desde ¿Quién mató a Palomino Molero? ambos han ascendido de teniente y guardia, respectivamente).
Por otra parte, además de la vida concupiscente y volcada al arte que lleva Rigoberto en Lima, tiene que enfrentar esta vez, por un lado, los ataques de las hienas, los dos hijos de Ismael Carrera que intentan anular a toda costa el matrimonio de su padre (y provocan así uno de los escándalos mediáticos de la novela, simultáneo al que también padecerá Felícito en Piura); y por otro, los inquietantes encuentros de su hijo Fonchito —un chico cuya pureza extrema no se termina de definir si por el bien o el mal— con un fantasmagórico personaje de ribetes demoníacos, al que apenas reconocen como Algemiro Torres.
No es la primera obra de Vargas Llosa que alterna en los capítulos pares e impares dos historias paralelas —además de La tía Julia y el escribidor y El pez en el agua, es El Paraíso en la otra esquina la que guarda esta característica con mayor nitidez—. El autor fractura la carencia de relación entre ambas cuando ya se había recorrido el 75% del libro, y las entrecruza; pero aún con ello, no desaparece la impresión de que, en realidad, El héroe discreto contiene dos novelas en vez de una, cuya interrelación de tramas y personajes recuerda más bien —aunque más desarrollada— a la manera en que Honoré de Balzac trasladaba personajes de una ficción a otra completamente distinta.
La historia no es precisamente lineal, pues es recurrente el contrapunto de diálogos que alterna tiempos y espacios distintos a partir de sucesos que un personaje narra a otro, tal como se cuenta la casi totalidad de Pantaleón y las visitadoras (sin contar ambigüedades y elipsis, propias de una hábil narración).
A los grandes tópicos vargasllosianos: la corrupción, lo racial, el poder y principalmente el conflicto padre-hijo —pero el resentimiento esta vez es de los padres para con los hijos—, se suma el crecimiento y la estabilidad económica del Perú en los últimos cinco o seis años, en que transcurre la historia.
Sin llegar a la maestría de las grandes novelas de Vargas Llosa —digamos, La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral o La guerra del fin del mundo—, El héroe discreto resulta una historia encantadora y desenfadada, tal como debería ocurrir con los culebrones mexicanos o venezolanos que don Rigoberto ponía tan cerca de Dumas, Dickens, Zola y Pérez Galdós.

EL  HÉROE DISCRETO
Mario Vargas Llosa
392 páginas
Formato: 15x24 cm
Encuadernación rústica
ISBN: 9788420414898

Publicado en Suplemento Cultural Solo 4, del diario Correo de Huancayo, el 21 de setiembre de 2013.

sábado, 31 de agosto de 2013

‘Los inocentes’ - Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931)

Camino a la adultez bajo el furor de la ciudad

Juan Carlos Suárez Revollar
Hace más de cincuenta años un desconocido Oswaldo Reynoso publicó Los inocentes. Su lenguaje vigoroso que reproduce el argot del hampa y su abordaje de una temática descarnada a calzón quitado le trajeron muchos problemas y censuras, pero eso no ha evitado que se convierta en uno de los hitos de la narrativa peruana. 

Cubierta de la primera edición, de 1961.
Hay dos mundos en los cinco cuentos de Los inocentes (libro cumbre de Oswaldo Reynoso, publicado en 1961): el apenas sugerido y lejano de la gente bien, y el otro, en el que se mueven sus personajes, jóvenes pobres y sin futuro que pasan los días robando, pegándose, jugando, enamorando. El libro recoge su hablar, sus sesgos idiomáticos; así, cada lisura, cada jerga, hace más tangible el ambiente bohemio de una Lima caótica, creciente, poblada por gente que vive al margen.
Los cinco protagonistas son miembros de una misma collera y habitantes de un mismo barrio. Resalta en ellos una sexualidad rabiosa de adolescentes ávidos de cohabitar con una mujer y pasar así a la fila de los adultos, pero también para autoafirmarse, como ocurre con Cara de Ángel, cuyas facciones demasiado delicadas afectan su masculinidad. El sexo, junto a la presencia femenina, es el desencadenante de los conflictos. La función de las mujeres en el libro es demostrar que todavía son niños inexpertos. Constituyen una debilidad, no importa lo rudos o arrojados que demuestren ser, nada pueden ante ellas. Los Inocentes se encuentran en una fase de aprendizaje, de maduración, pero en tanto eso ocurre, van a sufrir los desengaños que la interacción con el otro sexo les depara.
Los códigos de honor y las bravuconadas son más bien aparentes, pues hay en estos muchachos un tufillo de sufriente soledad y desamparo. Es la razón de su apremiante necesidad de ser adultos para liberarse, sin importar si acaban como vividores o ladrones. Por eso se aferran a gente adulta, sea como modelos o benefactores: Carambola a Choro Plantado, Colorete a sus amantes maduros y ricos, o el Príncipe a Manos Voladoras, el mariconcito de barrio que, pese a saber que no será aceptado como amante, se conforma con dar esa ternura maternal negada en las familias.
El autor inserta un nuevo nivel narrativo en forma de acotaciones entre paréntesis. Colocadas a manera de digresiones, contienen pequeños recuerdos o respuestas hipotéticas que contextualizan y amplían la información sobre aquello de que se está hablando. Explora así los pensamientos que sus personajes se niegan a revelar al otro, de forma que en su diálogo es únicamente el lector quien conoce todo cuanto ocurre.
En el último cuento el narrador hace su entrada como agente más activo y mantiene un tú a tú con el protagonista. El Rosquita es el más puro de los cinco personajes, aquel que todavía no se ha perdido. En sus patéticos intentos por ser adulto, malo y frío, se nota con mayor nitidez que es todavía un muchacho. Pero se deja entrever que no tiene salvación, pues —como los demás— será engullido por las tentaciones del dinero y el submundo de la ciudad.
Los cinco relatos se complementan, no solo en los ambientes y personajes comunes, sino en que cuanto se revela en uno también sirve de soporte para la narración de los otros. Cada cuento es protagonizado por un integrante de la collera, aunque queda la impresión de que el sexto miembro más tangible, Natkinkón, no alcanzó a tener los honores de su propia historia.
Los inocentes se ha convertido en pieza fundamental de la narrativa peruana, solo equiparable dentro de la obra de Oswaldo Reynoso con la novela En octubre no hay milagros. Polémico o no, su belleza tosca, sórdida, seguirá perturbando (y marcando el camino) a los nuevos escritores.

Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931). Foto: Nadia Cruz.
Oswaldo Reynoso
Nacido en Arequipa en 1931, es autor del poemario Luzbel (1955), del volumen de cuentos Los inocentes (1961; y publicado también bajo el título de Lima en Rock), y de las novelas En octubre no hay milagros (1966), El escarabajo y el hombre (1970), En busca de Aladino (1993), Los eunucos inmortales (1995), El goce de la piel (2005), Las tres estaciones (2006) y En busca de la sonrisa encontrada (2012).

Publicado el sábado 31 de setiembre de 2013 en Suplemento Cultural Solo 4 del diario Correo de Huancayo.


sábado, 10 de agosto de 2013

‘Las aventuras de Tom Sawyer’ / Mark Twain (Estados Unidos, 1835-1910)

Pilluelos sureños que sueñan literatura

Juan Carlos Suárez Revollar
Las aventuras de Tom Sawyer es una novela humorística que convirtió a Samuel Langhore Clemens —seudónimo de Mark Twain— en uno de los grandes autores de la narrativa estadounidense.

 Aunque no es la obra maestra de Mark Twain —lo es más bien su continuación: Las aventuras de Huckleberry Finn—, el protagonista de Las aventuras de Tom Sawyer, un niño soñador y granuja que da diarios dolores de cabeza a los habitantes del pueblo de St. Petersburg, Mississippi, es uno de los grandes personajes de la literatura. Con espíritu aventurero y mataperro, intenta emular lances propios de la ficción: hacer de pirata, bandido o buscador de tesoros. A su modo, se trata de un Quijote palomilla y taimado de pantalón corto, pero que a diferencia de este, no suele acabar herido por alancear molinos de viento.
Entre lágrimas porque creía que estaba muerto, su tía Polly diría una gran verdad sobre él: «no era lo que se llama malo, sino enredador y travieso». Tom alberga, entre tantas diabluras, sentimientos nobles y generosos, y lo demuestra al inculparse para salvar a Becky Thatcher (y no necesariamente para recuperar su amor), o cuando, a pesar del peligro que representa su antagonista en la novela, Joe el Indio, se le enfrenta al acusarlo en el juicio por asesinato contra Muff Potter.
Representación de Tom Sawyer en la primera
edición del libro (ilustración de True Williams).
La historia arranca como una novela de costumbres, con hechos sencillos, divertidos y muy realistas (como el engaño a varios niños para hacerles pintar una cerca) pero que pronto rebasan lo cotidiano. Así, más adelante somos testigos (y cómplices) de un asesinato, una fuga, así como de algunos robos e intentos de venganza.
Un móvil de las aventuras de Tom y sus amigos Huckleberry Finn y Joe Harper (los otros dos protagonistas) es la transgresión, como lo grafica una frase de este último: «no me gusta cuando no tengo a nadie que me diga que no lo haga». Como buenos transgresores, tienen la necesidad de hacer cosas prohibidas para niños de su edad, como beber o fumar (para presumir de su osadía ante sus camaradas, en vez de por el deseo simplón de ingresar al mundo de los adultos). En la pretensión de Tom y Huck de incursionar en el bandidaje no hay propiamente una intencionalidad maliciosa, sino la legítima aspiración —como ocurre en el Quijote— de imitar a los héroes novelescos, aunque, niños al fin, no comprendan el verdadero significado de cuanto hacen o dicen (un buen ejemplo es su intención de organizar orgías como los bandidos, pero sin saber qué significa esa dichosa palabra).
Tom Sawyer y Huckleberry Finn hallan el tesoro
(ilustración de True Williams).
En el plano narrativo, el autor rompe la estructura lineal desde la aventura de la cueva e inserta en forma de secuencia temporal paralela el episodio del monte de Cardiff, donde Huck echa por tierra la venganza de Joe el Indio contra la viuda Douglas. Como en las aventuras librescas de las que Tom tanto gusta, la novela se resuelve con una gran coincidencia: el sorprendente hallazgo de un tesoro y la consiguiente muerte de Joe el Indio.
Entre muchas cosas, la novela es «una noble, una generosa, una magnánima mentira; una mentira que podía tenérselas tiesas y pasar a la historia», frase que usara el juez Thatcher para una de las travesuras de Tom, y que también podría definir a las grandes ficciones de la literatura.

Mark Twain en 1909.
Mark Twain
Es el seudónimo de Samuel Langhorne Clemens (1835-1910). Se trata de uno de los más importantes escritores estadounidenses del siglo XIX. Destacó por sus novelas humorísticas Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, además de otras secuelas que tienen a Tom Sawyer como protagonista. También por El príncipe y el mendigo o Un yanqui en la corte del rey Arturo y el volumen de cuentos La célebre rana saltarina del condado de Calaveras.

Publicado en Suplemento cultural Solo 4 del diario Correo de Huancayo, el sábado 10 de agosto de 2013.

domingo, 30 de junio de 2013

“Literatura de Junín”, de Isabel Córdova Rosas

La antología de toda una región

Juan Carlos Suárez Revollar
Desde sus inicios, cada región, en su camino de pueblos a pequeñas urbes y después a grandes ciudades, va viviendo hechos que se convierten en historia. Pero lo que recoge la historiografía, lo reproduce también la literatura en clave de ficción. Así, gracias a ella, vamos conociendo a los pueblos, en su génesis con los relatos orales (que incluso pueden remontarse a tiempos anteriores a la humanidad, o a animales u objetos animizados, de aquellos que fueran abordados por los relatos de Pedro Monge o Adolfo Vienrich; o, claro, también los mitológicos de Carlos Villanes Cairo o Gerardo Garcíarosales, estos últimos valiosísimos autores cuya obra ha recorrido otros derroteros) hasta formas estéticas sofisticadas y sólidas, como del también huancaíno Augusto Effio.
Lo regional puede entenderse como aquello que corresponde a un contexto geográfico, muchas veces restringido por límites arbitrarios; en otros, por caracteres comunes de idioma, creencias, aspectos étnicos, costumbres, o cuanto elemento adicional contribuya a unir a un grupo dentro de una misma identidad. Es dificilísimo reunir la totalidad de la literatura de una región, y mucho más si se trata de un lugar como Junín, con un crecimiento veloz. El intento de Isabel Córdova Rosas es brillante, pues recorre los años y los espacios geográficos en que vivieron y escribieron las decenas de autores cuya obra compone Literatura de Junín.
A través de sus varias ediciones —la primera se remonta a 1971—, este libro ha ido tomando el pulso a la literatura de esta región: recogió textos de los autores más importantes del pasado, enriquecidos con los de aquellos que alcanzaron relevancia cuando el libro era publicado y, más aún, incluía a autores iniciáticos, quienes empezaban a construir su obra. Poner en valor la larga tradición literaria con la actualidad e, incluso, el futuro, por incierto que sea, ha hecho de Literatura de Junín un libro influyente. Y por exagerado que parezca, estar en él significa para un literato existir como tal.
Muchos autores que en ediciones anteriores eran presentados como promisorios, hoy son reputados escritores, cuyos libros son de consulta obligada al vincularlos con la literatura de Junín. Es el caso, entre estos últimos, de Edgardo Rivera Martínez, Laura Riesco o Carlos Villanes Cairo, quienes aparecían entonces junto a autores ya consagrados, como Eleodoro Vargas Vicuña, Juan Parra del Riego o Serafín Delmar. Recientemente María Teresa Zúñiga o Sandro Bossio, dos de los más interesantes autores de la actualidad local, eran antologados en calidad de autores prometedores. Por eso este libro nos dará una panorámica de lo que fue, es y será la literatura de esta parte del país.
El libro ha sido dividido en varios bloques, antecedidos por un profundo ensayo que hace un recuento analítico de las decenas de autore  s que, muy a su modo —y unos en mayor medida que otros—, han contribuido con la gestación de la literatura de Junín. Isabel Córdova agrupa en un solo volumen una obra dispersa, muchas veces desconocida aunque valiosa. Visto como un todo, constituye un bloque fuerte, cuya identificación común —lo juninense— ya puede difundirse para contribuir con la cultura, y mucho más, con la literatura del Perú.
* Extracto del texto leído durante la presentación de Literatura de Junín en la Feria del Libro Zona Huancayo.

lunes, 6 de mayo de 2013

“Brunella” / Ernesto Ramos Berrospi (Huancayo, 1955)


Desamores de un alma solitaria

Juan Carlos Suárez Revollar
Lo más interesante de Ernesto Ramos Berrospi es su intento de completar ambiciosos frescos sociales, que van desde el retrato de la violencia política en “Ilusiones perdidas” (1998), la épica andina en “Un inolvidable pueblo” (2002) o el tortuoso proceso político de “Intolerancia” (2004).
La novela breve “Brunella” (2007) está contextualizada en Huancayo y sus alrededores. Relata los amores frustrados de Francisco, un adinerado profesor universitario con marcada preferencia por jovencitas manipuladoras y necesitadas de un salvador. Como ya había hecho en “Cuentos amargos” (1990), Ramos Berrospi usa un tono agrio, como de disgusto con la vida, para la narración que hace su protagonista. No es casual que la novela sea así, pues se trata de una ampliación del cuento “Aurelia”, que abre su volumen de relatos.
El arranque de la historia —desde el final— permite mostrar a un personaje que, luego de haber vivido y amado intensamente, está enfermo y, para empeorar las cosas, arrastra un pasado que la presencia del hijo le recuerda incesantemente. Nos encontramos con un personaje afín al Humbert Humbert de “Lolita”: un académico en literatura de largo historial amoroso, quien cuenta hechos que marcaron su vida cuando él mismo ya está acabado. Sirve para ese efecto en “Brunella” la figura del mayordomo, cuya función es ser un oyente poco menos que pasivo. Pero el verdadero narrador es el hijo, quien más bien reproduce, palabra a palabra, lo que su padre relata.
Esta forma de contar los hechos —a través de largos diálogos— permite a Ramos Berrospi la incorporación de formas conversacionales y aun coloquiales en el texto, que contrastan con la formalidad decimonónica predominante (que se supone es el lenguaje habitual del académico que es Francisco). La narración está colmada de adjetivación y verdadero afán enciclopédico en la mención de títulos de libros y películas, así como de enormes reproducciones de canciones o poemas, que pueden llegar a agotar y hasta a exasperar al lector. Es la razón por la que, pese a la brevedad de la novela, se nos antoja todavía demasiado extensa.
La magia de la literatura consiste en la libertad del narrador para inventar una ficción. Excederse en ello nos pone en riesgo de restar credibilidad a algunas situaciones y personajes. “Brunella” se debate entre ambos extremos. Puede que ahí radique su verdadero valor.

Ernesto Ramos Berrospi
Nacido en Huancayo en 1955, se graduó en Literatura en San Marcos. Sus libros son lecturas habituales en los programas escolares de Junín. Destacan “Cuentos amargos” (1990), así como las novelas “Ilusiones perdidas” (1998), “Un inolvidable pueblo” (2002) o “Intolerancia” (2004). También incursionó en la dramaturgia con “Otra vez, Andrés” (1994). Actualmente es docente en el Instituto de Educación Santiago Antúnez de Mayolo.

sábado, 23 de marzo de 2013

El gran teatro del mundo


Juan Carlos Suárez Revollar

La ficción ha tenido desde siempre una estrecha relación con la realidad y la vida, al ser una vía comunicante entre ambas y su mejor complemento. En este artículo, y a partir de lo que es el teatro, el autor reflexiona sobre su rol para la naturaleza humana.

En algún momento, los primeros hombres debieron buscar nuevas formas de entender aquello que les era incomprensible, inalcanzable. Tuvieron que conseguirlo a través de la fabulación, y desde entonces la ficción empezó a hacerse más necesaria para vivir. Es aquel el hechizo que mantiene a la literatura colmada de vigor: su capacidad de llenar con la fantasía los vacíos de la naturaleza humana, habitualmente tan rutinaria, chata, aburrida.
Ilustración de Gustave Doré que representa al Quijote,
máximo símbolo de la dualidad ficción-realidad.
No creo que haya mejor experiencia que cruzar la línea —a menudo difusa— que separa realidad y ficción. Pero mientras la lectura es la gran vía para transportarnos hacia otros mundos y otras gentes, para evocarlos y revivirlos, el teatro nos permite compartir sus historias en la plena realidad, contemplar a los personajes, hechos carne y hueso, en la aventura humana que es su corta existencia.
Los dramaturgos griegos lo comprendieron y reconstruyeron los lances de sus dioses y héroes —cuyas actitudes y sentimientos eran más bien terrenos—, y los hicieron tragedias: ¿no se nos antoja humano Prometeo a la espera de ser atormentado por traicionar a los suyos para proteger a los hombres? ¿Y no es divina Alcestis cuando acepta morir en lugar de su indigno marido? Siempre me he preguntado por las sensaciones que debieron experimentar los antiguos actores mientras interpretaban a sus divinidades. Y los actuales, ¿no deben igualmente encarnar una personalidad, una realidad completamente diferente de la suya? Y claro, deben mostrarse lo suficientemente convincentes para que más bien sea el espectador quien crea en ellos, en la ficción, que vuelve a ser más poderosa que la realidad.
El Gato con Botas, de Charles Perrault (Ilustración: Gustave Doré).
La tentación de traspasar esa línea del camino a la ficción mantendrá su constancia. ¿Dónde acaba la ficción y dónde la realidad? ¿Qué hace ficticio a un personaje aunque tenga una base objetiva? ¿Por qué son convincentes unos y otros no? La respuesta es bastante esquiva, pero puede que la más acertada tenga que ver con el talento del escritor, quien mientras escribe hace las veces del Creador, por su capacidad de decisión sobre el destino y la providencia, sobre la vida y la muerte. Eso y no otra cosa, es lo más fascinante de la literatura: nuevas vidas derivadas de otra más cotidiana, cuya única fortaleza es la experiencia y la imaginación del artista.
Pero el deseo, la pasión o el amor, sublimados por las ilusiones y los sueños, son solo una parte de lo que la representación dramática puede permitir. A mi juicio, el teatro rebasa la mera contemplación de una realidad fingida. En tanto dure su representación, se vuelve realidad real, no solo en la historia que relata, sino entre las fantasías del espectador.
Soñar permite convertirnos —a nosotros, como lectores o espectadores: simples mortales— en héroes literarios, en aquellos que como Hamlet, aman, luchan, desean, vengan, sufren o mueren. Puede que sentir aquellas emociones en la ficción no nos haga mejores personas, pero sí seres humanos más completos.
Publicado en Suplemento Cultural Solo 4 del diario Correo de Huancayo, el 23 de marzo de 2013.

sábado, 2 de marzo de 2013

«Suburbios» / Julián Huanay (Sincos, Jauja, 1907 - Lima, 1969)


Esa literatura que quería cambiar el mundo

Juan Carlos Suárez Revollar

Edición de 2007 (Arteidea-Mundo Sur).
Convencido militante sindicalista, Julián Huanay hizo de su corta obra un manifiesto al servicio de los ideales de la izquierda. Al igual que su novela El Retoño (1950), el volumen de cuentos Suburbios (1968) pertenece a aquella literatura convertida en arma política. Por eso el efecto de cada relato sobre el lector está supeditado a la toma de conciencia acerca de las imperfecciones del sistema. La mayor parte del libro se escribió entre los cincuenta y sesenta, décadas de grandes acontecimientos sociales en el Perú —el fallido levantamiento de Luis de la Puente Uceda o la reforma agraria, por ejemplo—, y esboza en sus doce breves cuentos una sociedad principalmente urbana (o el campo con mirada citadina), donde se va gestando una revolución proletaria de futuro todavía incierto.
El riesgo de escribir historias con tanto peso ideológico es que este puede prevalecer sobre la anécdota (en ocasiones, casi absorberla). Esto ocurre con frecuencia en el libro, pero hay excepciones, como en «Maruja», en que ambos elementos se equilibran. Aunque su contenido político es acorde al de los demás relatos, se compenetra con el drama humano que retrata. El punto de vista de un personaje niño —igual que Juanito Rumi de El Retoño—, contribuye a atenuar el violento trasfondo del cuento.
«El negro Perico», por su parte, describe a los luchadores (sindicalistas o ideólogos). Su protagonista tiene breves apariciones en otras historias del libro como víctima del sistema, y toma en su adultez el rol de agente opositor, cuya muerte es parte de un proceso ya irreversible. El control social toma la forma de una cárcel, que pese a ello puede convertirse en escuela: en «El Peladito» o «Dos maestros».
Una constante es el desarrollo del contexto antes de comenzar la anécdota, habitualmente referida por un narrador-testigo. Incorpora además numerosas digresiones con situaciones o personajes que refuerzan el discurso, aunque esto es una debilidad, pues extiende el cuento innecesariamente, como en «Champi».
Los cuentos ambientados en zonas rurales —«Añoranza», «Alumbramiento» y «Yimurí»— aportan un contraste con el caos de la ciudad, pero sin olvidar su propia problemática. El primero en particular insinúa un armonioso subsistema comunal andino.
Suburbios no contiene, como en Émile Zola, ese sustrato que hace de una ficción la aventura humana que es la literatura. Limitarse a plasmar la miseria e iniquidad, sin preocuparse por hacer que la historia siga otros derroteros, restringe su alcance artístico y torna a los cuentos en meros discursos instructivo-ideológicos. Huanay lo explica en «Aída»: «denunciar en literatura o en lienzos que hay entre nosotros muchas injusticias, demasiada inhumanidad y egoísmo, creo es deber de toda persona con un poco de sensibilidad».
Pero sus verdaderos defectos están en la técnica: graves errores en el punto de vista, omnisciencia del narrador-personaje (quien no podría conocer todo lo que cuenta), retratos estereotípicos porque el autor toma partido, o diálogos en exceso artificiales.
El libro se aproxima más al Nikolái Ostrovski de Así se templó el acero que al Mijaíl Shólojov de Lucharon por la patria, es decir, a una literatura militante bastante envejecida. ¿Tiene entonces objeto leer Suburbios en la actualidad? Definitivamente sí. Es claro que aborda una época en que hombres generosos e idealistas daban la vida para cambiar la sociedad y construir un mundo mejor. ¿No está llena la literatura de ese inconformismo que busca hacer de las utopías una realidad?
Julián Huanay.
Julián Huanay Raymundo
Nacido en Sincos (Jauja) el 29 de enero de 1907, pasó su infancia en el valle del Mantaro, de donde partió hacia Lima tras la muerte de su madre. Se desempeñó allí en diversas labores: desde ayudante de albañil y mecánico hasta taxista y obrero. Publicó la novela El Retoño en 1950 y el volumen de cuentos Suburbios en 1968. Por sus actividades sindicales y políticas fue recluido en El Sexto entre 1951 y 1954. Una década más tarde El Retoño se tradujo al ruso. Falleció el 20 de setiembre de 1969 en el Hospital Obrero de Lima.

Publicado en Suplemento Cultural Solo 4, del diario Correo de Huancayo, el 2 de marzo de 2013.

sábado, 2 de febrero de 2013

Guy de Maupassant (1850-1893)


Guy de Maupassant, cuentista

Juan Carlos Suárez Revollar
Guy de Maupassant (1850-1893)
Como Poe y Chéjov, Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893), el otro gran cuentista del siglo XIX, murió poco después de cumplir los cuarenta. Es autor de más de 390 cuentos, el grueso de los cuales se publicó en diarios entre 1877 y 1891. Algunos son, más bien, breves ensayos o reflexiones, como «El afeminado» o «Historia de un perro». Este último, una suerte de manifiesto para la protección canina, tiene una segunda versión, narrada ya como cuento y publicada dos años después con el título de «Mademoiselle Cocotte».
Una estructura habitual es el relato como una anécdota referida por un personaje narrador, protagonista o testigo, a su auditorio. Aunque de temáticas diversas, podría clasificarse la cuentística de Maupassant en al menos tres grupos: los de costumbres, los de guerra y los de locura y horror. Entre los primeros se encuentra un subtópico recurrente: el galante, de conquistas e infidelidades, entre los que se halla «Un día de campo» o «La mansión Tellier», genuinas piezas maestras. Todos estos cuentos recogen su larga experiencia en affaires amorosos. Pero también se encuentran otros contenidos, desde retratos citadinos hasta historias sobrenaturales.
«El Horla» data de 1886, y su segunda versión del año siguiente.
La ocupación prusiana es otro importante tema. Como veterano de la Guerra Francoprusiana, Maupassant escribía, con afán revanchista, cuentos donde destacaba el patriotismo, la entrega y los triunfos de algunos franceses —únicamente relevantes en términos personales— sobre sus rivales, aunque ello significara su perdición. A este grupo pertenecen «Mademoiselle Fifí», «La loca», «San Antonio», o el que le diera la consagración y formara parte del libro colectivo Las veladas del Médan: «Bola de sebo», en que el autosacrificio de la mujer despreciada la hace superior a sus compañeros de viaje, a quienes se supone decentes (el trasfondo de esta trama también fue abordado por Chéjov en su cuento «La corista»).
Los últimos, y sin duda los más perturbadores, tratan la locura y el horror. Corresponden al periodo tardío de Maupassant y se atribuyen a su ya agravada degeneración mental. Priman entre ellos cuentos como «El Horla», «La cabellera» o «¿Él?». Evidentemente influido por Poe, se halla formas afines de abordar la atmósfera del relato y la psicología del personaje, como la perversidad gratuita, tan bien retratada en «El loco» de Maupassant, o coincidencias temáticas: «El tic» de éste con «El entierro prematuro» de aquél. 
El cuento de Maupassant no tiene la perfección formal de Poe, ni la profundización en el personaje de Chéjov, pero sí una desenfadada —y genial— sutileza en el trazado de costumbres como soporte de la historia.
Un sitio web completísimo en español sobre Guy de Maupassant es el llevado a efecto por el español José Manuel Ramos, de donde se puede descargar libremente los cuentos, novelas y artículos de este autor francés, así como investigaciones y libros sobre su obra.
Publicado en Suplemento cultural Solo 4, del diario Correo, el 02 de febrero de 2013

miércoles, 30 de enero de 2013

Antón Chéjov (1860-1905)

Antón Chéjov, cuentista de lo cotidiano

Juan Carlos Suárez Revollar
Nacido un 17 de enero, Antón Chéjov (Rusia, 1860-1905) estableció una forma de narrar que iba a marcar al cuento del siglo XX. 

Aunque ya se le conocía tímidamente en Europa occidental, fue a partir de la publicación de una selección y traducción de su obra al inglés —por Constance Garnett, entre 1916 y 1922— que Antón Chéjov cobró notoriedad y, más tarde, su prestigio creció hasta el del cuentista clásico de la actualidad.
Para Rubén Salazar Mallén no fue su narrativa breve la que dio «renombre y éxito a Chéjov en vida, sino las obras de teatro. Tanto es así que el Teatro del Arte de Moscú fue construido especialmente para que en él se le representara».
Igual que el francés Guy de Maupassant, Chéjov escribía relatos breves destinados a ser publicados en diarios. Lo hacía con una rapidez sorprendente, que podía superar los dos por semana. William Somerset Maugham relata que inicialmente —lidiando con sus estudios para obtener el diploma de Medicina— hacía relatos humorísticos para el diario Fragmentos, y poco después, otros más serios y extensos para la Gaceta de Petersburgo. Así, «entre 1880 y 1885, Chéjov escribió más de trescientos cuentos».
Autor de magníficos relatos como «La dama del perrito», «Vanka» o «La tristeza», y de piezas teatrales como La gaviota, El jardín de los cerezos o Las tres hermanas, la muerte y la desolación son una presencia constante en muchas de sus historias. La concisión era una de sus preocupaciones centrales, pues estaba convencido de que todos los elementos del cuento deben cumplir una función, y lo demás debía desecharse sin miramientos.
Salazar Mallén agrega que «en el proceso de la creación, Chéjov insertaba elementos en apariencia insignificantes, aunque en realidad henchidos de importancia, que dan su justa dimensión y profundidad al relato». Efectivamente, sus cuentos construyen una atmósfera que, al final del relato —y sin las trampas o trucos propios de los finales sorpresivos—, dejan patente un efecto muy sólido. Por eso, además de ser memorables, permiten múltiples lecturas. Pero hay algo más: no le interesaba abordar grandes aventuras como tema, sino más bien lo cotidiano, lo usual, lo ordinario. «La gente va a la oficina, se pelea con su esposa y come sopa de repollo», explicaba.
Su influencia en la nueva narrativa es mayor de lo que cabe pensar. Cuentistas de la talla de Katherine Mansfield o Eudora Welty lo tenían como modelo, y se halla a menudo en los cuentos de Ernest Hemingway o Raymond Carver una línea estilística —y aún temática— afín a la de Chéjov. Aunque en América Latina da la impresión de que predominan los cuentos de final sorpresivo a la usanza de O. Henry, muchos de los más bellos relatos de esta parte del mundo deben a Chéjov su forma simple y pulcra de retratar lo cotidiano.

lunes, 7 de enero de 2013

Honoré de Balzac (Tours, 1799 - París, 1850)


Nuestro propio Honoré de Balzac

Juan Carlos Suárez Revollar
Honoré de Balzac (Tours, 1799 - París, 1850).
Todavía lo recuerdo: tenía dieciséis años y las ansias adolescentes de saberlo todo. Leía muchas novelas, incluso aquellas malas que me hacían bostezar. Ahí estaba: era un volumen viejísimo, cuya portada había sido reemplazada por una cartulina amarilla sobre la que llevaba escritas, con plumón azulino, las palabras Papá Goriot (un ejemplar de la Colección Austral en la buena traducción de Joaquín de Zuazagoitia). Su lectura me conmovió más que cualquier otra novela hasta entonces. Un personaje en particular, Eugene de Rastignac, antihéroe genuino, ambicioso y trepador, cuyos contradictorios sentimientos lo decidían a enfrentar de tú a tú a París, me impactó tanto que cuando me topé de nuevo con él en La piel de zapa y más tarde en el breve díptico Estudio de mujer, sentí que saludaba a un viejo conocido. Creé un pasatiempo: marcar todas sus apariciones en La comedia humana (al que renuncié, pues esa maniática búsqueda resultaba inútil, pero primordialmente porque me estaba estropeando el sencillo placer de la lectura). No creo haber tropezado con él más que en cuatro o cinco novelas. Después supe que aparece al menos en catorce, varias de las cuales devoré sin identificarlo: se me había escabullido. Lo mismo ocurrió con el afable Horace Bianchon, cuyo altruismo alguna vez quise, ingenuo yo, imitar. Se trata de uno de los personajes más decentes moralmente de toda La comedia humana, al que encontramos en veintitrés de sus noventa y un historias (quizá en más: nunca terminé de leerlas todas).
Me prometí aprender francés para leer a Balzac en su idioma —promesa que ojalá, mal que mal, cumpla algún día—, y también conseguir todos sus libros (los adquiría así ya los hubiese leído). Conté hace poco, risueño de mí mismo, decenas de títulos repetidos, en diferentes ediciones y traducciones, que acabaron apilados en mi biblioteca.
No me impresionó tanto Eugenia Grandet como sí ocurrió con La mujer de treinta años: una suerte de mosaico de textos disímiles unidos por un oscuro lazo para formar una novela, en cuya imperfección y escritura fragmentaria creo advertir un halo de grandeza. Me divierte no haber hallado —o acaso se me pasó por la exaltación durante la lectura— un momento de la vida de la protagonista en que tuviera los exactos treinta años del título. Para Rafael Cansinos Assens se refiere más bien a «esa edad crítica en que la mujer tiene un pasado a veces inolvidable» que «le ha creado un alma compleja y resabiada». Mucho más me entusiasmó Un episodio bajo el terror, brevísima novela, casi un cuento, cuyo final en medio de las persecuciones posteriores a la Revolución Francesa deja un sinsabor difícil de tragar que, posiblemente sin proponérselo, siembra en el lector ese pavor, ese repudio por los gobiernos tiránicos.
Hay en cada historia de La comedia humana una aureola de genialidad, que se comparte entre las más ambiciosas: Las ilusiones perdidas, Los parientes pobres o Historia de los trece, y las otras de alcance más modesto: El coronel Chabert, El elixir de larga vida o Una pasión en el desierto. Su valía reside en el monumental todo que sus pequeñas unidades conforman. Pero también, a que el alma humana es sondeada con la profundidad que solo conseguiría un escritor decidido a cumplir un papel análogo al del Creador.
El plan de La comedia humana contemplaba retratar a la Francia de su tiempo en sus diversos niveles y estratos. Sus clasificaciones comprenden desde las escenas de la vida privada, parisina y provinciana, hasta las de la vida política, militar y campesina, además de los estudios filosóficos y los analíticos. Aunque cada novela se circunscribe a alguna de estas categorías, hay tal cruce de historias, contextos y personajes, que su sumatoria concluye con una imagen integral de la sociedad, sea esta pasada o presente, occidental u oriental.
El talento de Balzac no se limitó a la invención de inolvidables historias y personajes que ganaban complejidad a lo largo de La comedia humana. Había en él una predisposición, una extraña tendencia fabuladora por reinventarlo todo, incluso su propia existencia. Vivió en medio de deudas a causa de sus gigantescos proyectos, siempre fallidos o, en el caso de la literatura, inconclusos debido a su repentina muerte (a La comedia humana le faltaron más de treinta títulos. Tampoco terminó los Cuentos donosos, de los que solo escribió las tres primeras Decenas y algunos cuentos sueltos de las otras siete). Las farsas rocambolescas —aunque inofensivas— que siempre contaba sobre sí a sus conocidos eran una suerte de prolongación de la ficción que era su mundo. Quizás la mitomanía solo se reserva para los escritores de genio. Los demás tendrían que abstenerse para evitar el ridículo.

Publicado en Suplemento Cultural Solo 4, del diario Correo de Huancayo, el sábado 5 de enero de 2013